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El boom del hostel en Montevideo: el nuevo cibercafé

Durante sus viajes por Europa y América Latina, hace diez años, conoció cómo funcionaban los hostels, una modalidad de hospedaje entonces poco extendida en nuestro país. Cuando regresó a Uruguay acondicionó una casa antigua que su hermana había comprado a precio muy bajo durante la crisis del 2002, e instaló su propio hostal. Hoy hace seis años que Luis Moro es propietario del Palermo Art, un alojamiento juvenil localizado en el  barrio Palermo, entre el Centro y el Parque Rodó.

En ese lapso, la ebullición de albergues juveniles en la capital ha sido asombrosa. “Cuando abrimos había solo cuatro o cinco hostels en Montevideo”, recuerda Moro, “ahora hay unos cuarenta. Por un lado, es mejor la competencia porque hay más opciones para los turistas. Pero la realidad es que la mitad de los hostels no está en regla, no aportan a la caja, funcionan sin permisos, a puertas cerradas”.

La gran cantidad de ofertas sobrepasando la demanda hace que el negocio no siempre alcance la rentabilidad deseada. Luis compara el boom de los hostels en Montevideo con el que tuvieron los videoclubs y cibercafés años atrás, negocios que “han tenido su auge pero después cierran y solo quedan los cinco mejores”. “Se abren hostels porque está de moda. Antes nadie sabía lo que era un hostel, ahora todo el mundo está copado, pero ya han abierto y cerrado algunos”.

Un Plan B más rentable

Ante la cantidad de propuestas con las que se enfrenta el turista, ¿cómo hace un hostal para distinguirse? La estrategia de promoción del Palermo Art es “estar en todos los lugares: Internet, el boca a boca, flyers; incluso intercambiando links con otros hostels de Latinoamérica”. Sin embargo, Luis confiesa que, como sucede en general en la hotelería de Montevideo, “el hostel no es un gran negocio, sobre todo este año, que la temporada es mala”.

Para desestacionalizarse, Luis apostó a un plan B: el Palermo Art funciona como hostel solo tres meses al año, en verano, mientras que los nueve restantes es una residencia para estudiantes extranjeros, con apartamentos en alquiler. En esta propuesta, Luis encontró un nicho en Montevideo: “como hay poca oferta para estudiantes extranjeros por periodos cortos, el negocio funcionó; la mayoría alquila por periodos largos o piden por lo menos seis meses por adelantado”. Lo que en principio era un respaldo resultó un negocio más rentable que el hostel: “Los costos del hostal son muy altos, principalmente en el salario del personal. En la residencia los estudiantes se manejan solos, solo hay que venir a supervisar”. A veces se organizan comidas grupales, pero en general el albergue se rige por el ritmo de vida espontáneo de los jóvenes. “Los chicos se hacen amigos, se conocen, se llevan bien, es una buena experiencia para ellos”.

Más hostels, igual perfil

El boom de los hostels ha significado un cambio drástico en el número de establecimientos y la competencia, pero no en la esencia del alojamiento. El perfil del huésped se mantiene igual desde los comienzos: “Son jóvenes de entre 20 y 35 años, mochileros de la región, europeos, de Estados Unidos o Australia”. Precisamente, el sector más vulnerable ante los vaivenes económicos, como ocurrió este año con el mercado argentino. “Este año hay menos argentinos, por el tipo de cambio poco favorable. Esto no afecta al rico que tiene su apartamento en Punta del Este, pero para el mochilero, que cuenta cada peso, hace la diferencia”. Aunque hasta ahora la temporada no ha ido bien, se espera que para febrero mejore, con el atractivo de las llamadas y los tablados.

Pese a algunos altibajos del negocio, Luis remarca los aspectos positivos de su experiencia manejando el Palermo Art, “cuando la gente se va copada por el servicio que le brindamos, se hacen amigos del personal, vuelven, lo recomiendan”.

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